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Leer no es un hábito


Libros y sueños

El último estudio de Hábitos de lectura y compra de libros en España en el 2012 no dejaba lugar a dudas: la mayoría de la población lee poco. Solo un 52,1% de los mayores de 14 años reconoce leer libros semanalmente, y únicamente un 5,2% lee cómics con tal asiduidad. Este problema provoca que se realicen esporádicas campañas de animación a la lectura, normalmente con motivo del Día del Libro, esperando azuzar así el ánimo de aquellos reticentes a tener un volumen entre las manos; pero si tenemos en cuenta que la mayoría de las veces, la gente miente en las encuestas, seguramente el panorama sea todavía más desolador. Al fin y al cabo, todos conocemos a personas que se confiesan lectoras asiduas, y a preguntas tales como: «¿Por qué no lees más?», responden: «Porque los libros son tan caros…».

¿Los libros? ¿Caros? ¿Todos? ¿No hay bibliotecas donde vives? ¿Esa tableta que llevas no la conectas a internet? Y es entonces cuando comprendes de qué están hablando ellos y de qué estás hablando tú. Uno habla de superventas; otro, habla de libros.

Si nos centramos entonces en las novedades colocadas en los puestos de honor de las librerías y de los centros comerciales, algunas de ellas anunciadas a bombo y platillo en prensa y televisión, sí, probablemente, los libros no sean baratos; pero no podemos olvidar que una librería tiene muchísimas letras más que las que reposan sobre la mesa principal o las que forman torre.

Qué me dicen de los libros electrónicos; de esos libros digitales a módico precio o de descarga gratuita; de los libros de dominio público; de las bibliotecas de cada una de nuestras localidades; de las fascinantes librerías de viejo; de los libros de saldo; de las ediciones de bolsillo…

Desgraciadamente, culpar al precio de los libros de la escasez lectora es una de esas excusas socialmente aceptadas que en realidad esconde un gusto exclusivo hacia las últimas novedades, y que convierte a muchos en, digamos, lectores a la moda.
(...) la defensa de lo imaginario es fundamental para no perder lectores para siempre (...)
Lo cierto es que se lee poco; algo desconcertante si tenemos en cuenta que a todos nos gusta leer cuando aprendemos. A la mayoría de los niños les encanta que les cuenten historias. Cuando ellos se inician en la lectura, les fascina descifrar esos símbolos escritos y descubrir mundos maravillosos. Raro es el niño al que no le gusta un buen libro, ya sea de cuentos, ilustraciones, pop-ups, dinosaurios… ¿Qué ocurre entonces cuando esos niños crecen?

Ocurre que, a medida que pasan los años, el afán de lectura disminuye, la imaginación se desprecia y la productividad material vence. Alguno habrá que culpabilice a la adolescencia como momento en el cual los lectores desaparecen para dar paso a adultos que no leerán un libro en su vida. No es tan simple. Muchos voraces lectores vivimos esa etapa con un afán contrario: leer todo lo que cayera en nuestras manos. ¿Dónde estribó la diferencia?

Seguramente, el problema sea complejo; una mezcla entre el entorno social y el sistema educativo. En muchos de esos ambientes es frecuente escuchar un único mensaje: se lee para aprender. Y he aquí donde empezamos a perder. Al fin y al cabo, cuando de pronto un crío aborrece o le aburre soberanamente la lectura, no esperemos que en la universidad o en su vida adulta la descubra fácilmente. Incluso he llegado a escuchar a algún periodista en televisión declarando: «Yo, para divertirme, voy al cine; no leo un libro». Y he aquí donde perdemos la batalla.

Cuanto mayor es la obligación por la lectura, cuanto más se la despoja del nacimiento del disfrute por la misma, más se acelera la pérdida de lectores. Por supuesto que leer es educativo, pero no debemos olvidarnos de lo primordial: LEER ES DIVERTIDO. El adolescente me dirá que es un rollo, porque pensará en aquello que le obligan a leer, en la desnaturalización de un acto que hasta hace unos años le resultaba placentero; ignorando que, en este país, la literatura de evasión siempre ha estado mal vista y la idea de que los libros han de ser instructivos y moralizantes subyace en su estructura histórica y social. 

Así pues, al margen de todas esas campañas que de cuando en vez realizan las administraciones públicas, la combinación de todo tipo de lecturas —con su correspondiente difusión en la enseñanza— resulta fundamental para que los jóvenes no se olviden de cómo disfrutaban cuando eran pequeños con su libro de cuentos, para que sepan que pueden seguir haciéndolo sin cercenar sus elecciones, para que no cesen de leer en una etapa de su vida. 

Al fin y al cabo, la defensa de lo imaginario es fundamental para no perder lectores para siempre; difícil será que se transforme en lector habitual aquel adulto que ha dejado de utilizar su imaginación desde los ocho años, porque, por el contrario, quien siempre haya cabalgado sobre ella, de seguro no abandonará esa montura. Después de todo, leer no es un hábito; leer es un placer.

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A Coruña, Galicia (España)

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